Mirador azul.Centro Cultural El Campello. Alicante. 2008

Eva Santos viajó a Bolivia en febrero de 2006 para participar en un proyecto educativo de Ayuda en Acción, organización a la que estaba ligada desde hacía algún tiempo. Trabajó durante un mes en Caranavi, una pequeña población rural del Departamento de La Paz. Pero al trabajo de la cooperante se sumó también el de la artista que retrató la realidad que estaba descubriendo y que ahora nos quiere contar. Mirador azul nos relata pues ese viaje: expone fotografías y collages de las casas, de las escuelas, de los hospitales, de los mercados… del campo, de la calle, de la gente. Vemos fotografías también de los dibujos de Eva en los que interpreta situaciones y objetos. Leemos las palabras que inspiraron. Encontramos objetos, cosas que inundaron la maleta que en la ida había viajado llena de material escolar y que simbolizan aspectos que la artista encontró así mismo significativos de un mundo distinto y lejano que nos tendrán que hacer pensar.

Cuando los actuales debates sobre los pros y los contras de la convivencia con personas que han llegado a nuestras ciudades desde diferentes territorios y culturas nos debieran conducir a intentar mejorarla, interesa lo que desde el otro lado nos pueden decir. Interesa porque  eso nos ayudaría a conocer a los otros y por ese camino a conocernos mejor a nosotros mismos. Vivir en Bolivia permitió a Eva Santos escuchar. Su viaje refleja la actitud comprometida de quien, para hablar de ellas, quiere conocer de primera mano las cosas. Es cierto que , como cooperante, su encuentro con una tierra extraña fue en buena lógica más amable que el que espera a quien emigra por necesidad, lo que no quita el choque, la sorpresa, la admiración por las cosas buenas descubiertas, y la indignación por lo malo que iba encontrando. Sus vivencias son la base de cada una de las piezas que se exponen, pero hay más. Se trata del diario de un viaje que no guarda un orden cronológico, el azar lo sustituye y trae al presente el contenido de ese viaje. Las imágenes se yuxtaponen, eso es lo que ella vio, no importa cuándo, siguen ahí.

            En la muestra cobran protagonismo los colores (sobre todo el azul del fascinante cielo que lo envuelve todo, pero que es también el color de los toldos del mercado bajo los que fluye la vida de la gente), los olores y los sonidos (de la calle, de la lluvia, del aymara), presentes asimismo en los poemas en los que sus recuerdos hablan. Muchas fotografías, sobre todo ésas en las que ella misma parece, pueden parecer las fotos de una turista, la mayoría conservan incluso el pequeño formato de las muchísimas que se acumulan en nuestros álbumes. Se trata de recuerdo, si, pero la artista trabaja sobre esos recuerdos para acercarnos con respeto a una realidad que está ahí.

            Podemos pensar que la vida de un pequeño pueblo rural no es representativa de nada, que la experiencia personal desvirtúa el valor documental de sus fotografías. Pero suelen ser los encuentros con personas concretas en lugares concretos los que desafían la abstracción de nuestros presupuestos, obliga a revisar nuestros planteamientos y a corregir nuestros perjuicios. El artista trabaja además con imágenes que son siempre de algo. Eva quiso saber cómo era la vida en ese sitio. Destaca naturalmente su interés por la educación, pero también por la sanidad, la economía, la alimentación, el transporte, la relación con el medioambiente… De todo estos nos hablan sus fotos y los objetos que nos presenta, a partir de lo que pudieran parecer detalles, como ciertos aspectos concretos de su (otra) forma de hacer las cosas, o a través de cosas pequeñas que nos sorprenden y que por ello nos hacer imaginar, pensar. El arte puede convertir lo pequeño en grande y al revés.

            Como una española que se enfrenta cara a cara con otra cultura, especialmente una latinoamericana, Eva Santos ha podido reflexionar sobre el yo y el otro, sobre las cosas que nos igualan y las que nos diferencian, sobre la inestabilidad de las fronteras, sobre cómo romperlas. Su diálogo con los bolivianos la ha llevado a descubrirlos y al tiempo a descubrirse a sí misma. Le preocupa cómo nos ven, cómo la ven. Quiere evitar imposiciones, pisotearles. Al aproximarse a ellos se ha sentido parte de su mundo, ha jugado a retratarse como una cholita más, sin dejar de ser ella misma. Propone al espectador el mismo ejercicio de reflexión que ella ha realizado, consciente de que en el conocimiento y la comprensión del otro, y de uno mismo, hay límites de los que también da muestra.

Por un lado, se sabe extranjera: su autorretrato evidencia la extrañeza des disfraz, del adoptar la identidad de otro. Pero tampoco pretende esa identificación, puede dudar de saber realmente quién es y asume que la respuesta la habrá de seguir buscando en diálogo con los demás. Sus montajes la sitúan fuera, construyendo, trabajando en una comprensión que requiere esfuerzo pues siempre hay algo que se le reíste. La búsqueda de la identidad es siempre un proceso inacabado.

Pero, por otra parte, el mundo que Eva Santos nos descubre es el que ella misma ha vivido y, por tanto, no nos es accesible sin más a quienes lo observamos desde lejos. La artista reflexiona sobre las barreras de la comunicación de la experiencia personal, subjetiva, bloqueando el acceso a sus propios dibujos, que nos llegan a través de una foto, impidiéndonos tocar los objetos que ella tocó, colocándolos en una vitrina. La inevitable distancia encierra las imágenes que nos presenta, enmarcadas en gruesos cajones de madera sin pulir que evidencian la precariedad y la dureza de una construcción, de nuevo en proceso, y que pese a todo se mantiene en pie.

Importa que así sea. Que, con todas sus dificultades, la cooperación siga existiendo y dé sus frutos. Que la comunicación encuentre sus vías y avancemos en el conocimiento del otro. Que las imágenes intentes aproximarnos a las realidades, incluso cuando algunas de ellas, pareciéndonos lejanas, estén más cerca de los que creemos. Que éstas no se queden en el espectáculo, y decidamos actuar en consecuencia, por qué no.

Con su trabajo, Eva Santos nos permite acercarnos a una realidad por la que sentirnos afectados. Una ocasión nada más, no es poco.

Matilde Carrasco Barranco