Violetas en la mochila. Centro Universitario Cardenal Cisneros. Alcalá de Henares, Madrid, 2017. Proyecto Diálogos creativos.

Mis agujas

Seguir el baile de la aguja con el hilo me ha convertido en espectadora de una danza acompasada entre lo hiriente y lo reparador. La huella de ese movimiento es el dibujo de mi obra, el pespunte que ha construido gran parte de mi trabajo artístico. Ha sido un continuo señalar y clavar con la aguja, para pasar por un punto y asomarse de nuevo sobre la tela buscando el próximo destino, apuntando a mi devenir. Puntadas que de obra en obra han creado este esbozo, puntadas que van y vienen por el complejo camino de ser mujer, de nuevo hiriente y reparador.      

Siempre me ha interesado la costura. Mi madre cosía nuestra ropa mientras mis hermanas y yo confeccionábamos trajecitos a las muñecas. Ella me enseñó a coser con gran paciencia, pero con ella también aprendí a escribir. Recuerdo aquellos puntitos marcados en la hoja que me guiarían para trazar un perfecto círculo o unas líneas paralelas con el fin de lograr dibujar mis primeras letras. Entre aquellas puntadas se anudaba en mi cuerpo el deseo de una feminidad propia que me proporcionase sensación de independencia, ambos -feminidad e independencia- como sueños no excluyentes. Era paradójico poder descubrir en el acto de coser la percepción de tal estado de libertad.

Hallo el sentido de mi trabajo en las palabras de María Milagros Rivera Garretas que manifiesta que las mujeres hacen teoría y política luchando por liberarse de una subordinación simbólica y social que ha sido transmitida de madres a hijas. Mi propósito no es renegar de lo aprendido, sino llevarlo hacia reflexiones que me han permitido poner en valor el trabajo de la mujer.

En el camino he observado cómo el universo simbólico derivado del textil y del tejer ha estado muy cercano a aquellos movimientos sociales que hablaron en femenino. Las labores de costura fueron introducidas en el terreno artístico por las feministas de los años setenta como medio para visibilizar las tareas domésticas y de este modo asignar un valor merecido a sus creadoras porque el cosido y el cuidado fueron asignados al mundo doméstico del mismo modo que las mujeres fueron recluidas en él.  Simone de Beauvoir relata cómo un marido de la Alta Edad Media llegaría a decir: “Entrad en vuestros aposentos pintados y dorados, sentaos a la sombra, bebed, comed, bordad, teñid la seda, pero no os ocupéis de nuestros asuntos. Lo nuestro es luchar con la espada y el acero. ¡Silencio!”.

Rosmary Trockel, Judy Chicago, Miriam Shapiro o Ghada Amer son algunas de las artistas que sustituyeron los pinceles por las agujas para tejer esta lucha pacífica. Una lucha pacífica que se inició cuando las mujeres americanas de finales del siglo XIX se unieron en contra de la esclavitud lanzando consignas reformistas en sus labores y que posteriormente se extendió a sus propias demandas. Ejemplo de esto es un cubrecama, cosido de pequeños retales, en el que puede verse a una mujer dirigiendo un carruaje mientras su marido aparece en casa con el delantal puesto.  Por su lado, los estandartes confeccionados de diversos materiales textiles fueron una característica de las marchas de las mujeres sufragistas. El estandarte, desde ese momento, se convierte en imagen necesaria en protestas y manifestaciones. La condición política de estas labores anunciaba, así mismo, la presencia de lo privado en la esfera pública, diluyendo los campos demarcados entre uno y otro ámbito, siendo esta disolución clave para los movimientos de liberación de la mujer.

No dejo de lado el debate entre arte y artesanía, discusión que, lejos de obtener una solución, creo que mantiene abiertas diferentes y enriquecedoras posibilidades de creación. Hay que señalar que la costura llegó a ser valorada como una destreza que debían de poseer todas las jóvenes a principios del siglo XIX. Estas labores se incluían en los programas de estudios de las escuelas, en las sociedades occidentales y anglosajonas especialmente. Se cosían dechados de punto de cruz, bordados con temas clásicos, mapas geográficos, motivos florales, abalorios, lazos, etc. Así mismo, surgieron revistas dirigidas a mujeres con patrones e instrucciones de diversos tipos de labores que favorecieron la difusión de lo que se convertiría en una afición artesanal y doméstica. Revistas que, en paralelo, creaban un modelo de mujer ambiguamente independiente y subordinado.

Otras mujeres anónimas cosidas a esta historia son las tejedoras de shicras peruanas o las bordadoras de huipiles mejicanos que manteniendo vivas las tradiciones generan su medio de subsistencia; o las niñas y mujeres que tejen alfombras en India o Pakistán dejando su vida en cada nudo, sin olvidar a las madres chilenas que confeccionaron las arpilleras a modo de metáforas de resistencias “donde los hilos narraron lo que estaba prohibido decir”.

Presentar esta condición histórica de las costureras no es solo un homenaje a esas mujeres imprescindibles para la construcción y transmisión de la cultura sino que es ver ante el espejo esa realidad doliente.

 

Violetas en la mochila

Violetas en la mochila es una obra tejida con motivo de esta muestra y engloba en sí misma la imagen de homenaje a las mujeres que han permitido que hoy viva en libertad y autonomía. Estas flores livianas añaden a su vistoso color un cascabel a modo de reclamo, como un punto de atención, un agudo sonido que nos recuerda su presencia. Son las mujeres de mi historia: mis abuelas y mi madre; pero también las de la historia común y oculta, renovada en cada primavera de esas violetas que nacen en todos los lugares. Siempre las llevaré en la mochila.

Esta obra da nombre a la presente exposición que forma parte del proyecto didáctico Diálogos creativos que, desde el año 2014, se desarrolla en el Centro Universitario Cardenal Cisneros de Alcalá de Henares. Este proyecto, coordinado por Alfredo Palacios y David Gamella, pretende crear un espacio expositivo educativo en el propio centro; es decir, “un espacio híbrido en el que se pueden entrecruzar diálogos entre niños y niñas, estudiantes en formación y profesionales de las artes. En definitiva, un lugar que genere preguntas e interrogantes, pero un lugar que multiplique su alcance y cuya caja de resonancia promueva experiencias de aprendizaje que resuenen también en los propios colegios y en las aulas universitarias”. Así, las obras en este contexto cobran un carácter didáctico y el ámbito universitario las convierte en punto de partida para la reflexión y promoción de un debate aún necesario en la sociedad actual: la no discriminación por razón de sexo.

La estructura social dibuja la realidad de una experiencia personal y emocional vivida en mi cuerpo de mujer, son las líneas de mi hilván.

Son las creaciones que hoy comparto:

 

- Vivencias propias vestidas. La ropa como segunda piel, una piel que va más allá del propio cuerpo inscribiéndonos culturalmente en un lugar y un tiempo. Por ello me interesa reutilizar prendas mías o pertenecientes a personas que van contribuyendo a la formación de mi yo en un proceso intersubjetivo. Se trata de confeccionar, tejer, enredar telas vividas que se manifiestan como huellas de acontecimientos teñidos de sinrazones. Unas veces sola, otras junto a mi madre, mi hermana o mis hijos, y en ocasiones los trabajos se extienden a la participación promoviendo relaciones interpersonales durante el proceso creativo.

- En la cómoda de mi madre se decoloran poco a poco tres fotografías en las que mis hermanas y yo posamos con nuestros uniformes del colegio. Inocencia, sonrisa, camisa blanca, corbata…¿Por qué mi uniforme tenía corbata? Siempre me lo he preguntado. Hubiese preferido vestir con pantalones y poder hacer el pino con libertad en el patio del colegio. Sin embargo, era la corbata la prenda tomada del atuendo masculino la que marcaba mi cuello, en un intento de igualdad social perversa. Ahora bordo en esta corbata la inicial dorada de mi nombre.

- Abrir mis maletas es respirar de mis historias. En ellas encontré aquel jersey naranja que tanto utilicé cuando estudiaba Bachiller, creo que fue durante el primer curso, cuando comenzaba mi rebeldía de adolescente.  Fundas para dedos que señalan son más de trescientas pequeñas labores de ganchillo que sustituyen al espejo en el que buscamos nuestra imagen, nuestra identidad. En su lugar, esos dedos me señalan indicándome el camino que una mujer ha de tomar, la construcción social de pertenecer al género femenino. Señalan mi deseo y mi placer, señalan para adaptarme, señalan la frustración y la pérdida, las exigencias de mis instintos más primitivos, señalan la norma social y la cultura, señalan la conciencia y la exigencia, ordenan. Señalan la depresión y la represión, mi realidad, mis sueños y mi mundo interno, señalan qué somos. Me señalan mientras les miro.

- ¿Dónde situamos nuestra mirada? En la obra A mí no me gusta coser hemos cosido juntándonos de nuevo mi madre y yo para rememorar aquellos momentos en los que aprendí a coser, en los que me enseñó a escribir. Busco la escritura que su mano me dirigía, agarrando la mía, concentradas las dos. Del tejido se ve el reverso para leerlo al revés porque el mensaje es el contrario del que se ha escrito. Sin embargo, este lema parece ser el sentimiento de la mujer contemporánea, que por diferentes razones y creencias, ha abandonado el costurero y con ello conquistado otros lugares.

- Por último, y con el fin de quedar en el devenir al principio señalado, presento Obra en proceso. Obra en proceso de cortar, rasgar, de huir, como cobijo deshabitado de risas y capullos. Tantos minutos cuidando a mi hijo, a mi hija; cuántos minutos mimándoles. Al crecer dejaron atrás su camiseta de rayas, y la rosa y la que le regaló la tía Mercedes. En los huecos retumban ahora los silencios, los zumbidos y los ecos de nuestros juegos; ora formas agujereadas que perfilan la angustia de la pérdida, de la pérdida, de la pérdida. Repitiendo, porque, al modo de  Louise Bourgeois, “Tengo que repetir, y repetir y repetir. Es así de importante para mí. Nunca me canso de repetir. Estoy acostumbrada a ello. Es así como manejo el temor: me encargo y me hago responsable de él”. Obra en proceso surge como homenaje a Judith Scott, pero va tomando diferentes matices en su confección. Si ella enredaba aquello que encontraba para dar sentido a su existencia, yo he hallado en ese gesto envolvente la metáfora del vendado. La base de cada uno de los cuerpos colgados es una camiseta propia, rasgada, agujereada, un cuerpo herido que va curándose en un proceso lento y repetitivo.

Estas puntadas en torno a una biografía en curso me permiten construir mi propia imagen que pretende dar cobijo a miedos y deseos. De este modo la creatividad, el proceso creativo ha sido en cada momento un proceso de comprensión de identidad de un sujeto mujer, en ocasiones, terapéutico y siempre necesario.

 

Una pequeña reflexión

Al entrar en el aula una niña miró hacia arriba “¿qué es lo que te inspira?”,  preguntó. “Veo la injusticia. He intentado remendarla con la aguja y con el hilo, aunque sea un poquito”, le respondí. Efectivamente, los valores culturales generados en mi sociedad son el germen de mis creaciones, como lo son de tantos y tantas creadoras que creen en el arte como transformador social. El arte, desde su potencial creativo, nos sitúa en una posición imaginativa ante el mundo. Nuestra capacidad de imaginar es la que propone futuros posibles, que cuestionan los actuales, los hacen pedazos y los reconstruyen. Cuando la obra se muestra, continua el camino iniciado en aquellas vivencias, pero lo más interesante es que genere nuevas reflexiones. En ello, el proyecto Diálogos creativos toma su sentido. El espacio expositivo se expande y crece en las interesantes dinámicas generadas a partir de la exposición. 

Gracias al trabajo de la mediación tanto de estudiantes como de profesores y profesoras, mi trabajo ha concluido su objetivo principal: dar valor a la mujer y no solo desde la observación, también desde la acción. Podríamos pensar que hemos planteado el debate sobre género en dos generaciones: adolescencia e infancia y las respuestas han sido enriquecedoras. Los estudiantes de Magisterio creen vivir en un mundo libre e igualitario en el que su sociedad moderna ha superado la subordinación de la mujer, pero creo que vieron que no es así. Quienes se involucraron en la acción “¿Por qué mi uniforme tenía corbata?” y tomaron el micrófono en mano propusieron interesantes reflexiones: hablaron del reparto y responsabilidad en la realización de las tareas del hogar, abrieron el difícil debate sobre el uso del lenguaje sexista… Tal vez en aquel momento se fraguó la posibilidad de que un escolar escribiese en su camiseta “no eres suya, eres tuya” al realizar uno de los talleres junto a mi obra. Sentí una especie de vértigo al leerlo. Gracias a este proyecto los futuros docentes obtienen una herramienta muy potente: la creación.

Pensar que mi obra fue un estímulo para que muchos escolares se planteasen las diferentes situaciones en las que nos relacionamos con las mujeres; o realizasen obras como homenaje a éstas, dedicando su imaginación a unos regalos que, sin duda, les ayudan a reconocer el valor que para ellos tienen cada una de las mujeres en su vida y su historia; o cosiesen palabras como “valiente” y “cariñosa” juntas; pensar en las entrevistas que hicieron a sus abuelas… Es conmovedor y, sobre todo, reconfortante. Es, finalmente, el sentido de mi trabajo.

Eva Santos Sánchez-Guzmán

 

 

 

Rivera Garretas. M. M. (2003) Nombrar el mundo en femenino. Icaria: Barcelona.

Simone Beauvoir, (2000) El segundo sexo. Cátedra. Pág. 166

Chadwick, Whitney. (1991) Mujer, arte y sociedad. Ediciones Destino. Pág. 191

Pieza de tela utilizada para ensayar bordados o para realizar pequeñas demostraciones. En muchos de ellos figura la fecha de su realización.

Santos, E. (2008)¿Tejedoras, artesanas o artistas? En Arta si comunitate. Artes Isasi. Pág. 123

Palacios, Alfredo (2015) Inventando mundos. Diálogos creativos con David Gamella. Centro Universitario Cardenal Cisneros. Pág, 6.

. (1999). Aldeasa y Museo Reina Sofía: Madrid. Pág. 46