Del estudio a la calle. Sobre el trabajo comunitario de Eva Santos

 

Imaginemos a una artista trabajando. No nos costará visualizar su estudio: un espacio diáfano, lleno de objetos entre los que la artista se mueve, a veces con decisión, a veces dubitativa, en otros ratos ensimismada en su obra. Aparentemente es en este espacio donde ocurre todo lo importante, es el lugar donde la artista explora los materiales, pone en juego un saber, unas destrezas, trata con problemas formales, técnicos, de sentido, se aventura en lo desconocido.

Se le suponen a esta artista una serie de cualidades: habilidad en el uso de un determinado material, sensibilidad, dominio técnico, cultura visual. Se le supone un lenguaje, una capacidad para dar forma visual a una experiencia, unas ideas que transmitir, símbolos o metáforas con los que jugar. Incluso un estilo, una manera de hacer que podrá ser reconocible para los espectadores que observen su obra.

Esta ha sido, con matices, la representación dominante del artista moderno y sus formas de hacer. Sin embargo, Eva Santos no encaja del todo en esa representación. Eva incorpora, además de todo lo anterior, una necesidad de compartir sus ideas, de sacarlas al exterior del estudio para promover iniciativas de cambio basadas en el arte. La artista, en este caso, cree en el potencial de transformación social que posee la creatividad. Por eso, a ella hemos de suponerle toda otra serie de cualidades como la empatía, la generosidad, la capacidad para escuchar y dialogar y también, llegado el caso, habilidades para negociar y resolver conflictos. Debe ser capaz de hacerse a un lado y dejar que sean otros los que se conviertan en los protagonistas del trabajo creativo.

La obra personal de Eva, sus trabajos en tela expuestos en las paredes del museo, no se pueden entender sin comprender esa otra dimensión de su trabajo que es comunitaria, social, que la lleva a embarcarse en proyectos que implican trabajar con las personas para tratar de mejorar, aunque sea un poquito, su vida a través del arte. Eva, muy a menudo, ofrece a grupos y colectivos de diversas características un medio en el cual representar de forma simbólica asuntos como la identidad, las vivencias personales, la autoestima o las experiencias compartidas.

Alguno de esos proyectos ha tenido como escenario el espacio público. En concreto, en la intervención denominada De viviendas sociales a barrio de la Luz, Eva actuó sobre un espacio residual de un barrio de Archena con problemas de integración social. Mediante la transformación del lugar a través de la creación colectiva de una obra de arte público, se generó una dinámica participativa en la cual, al mismo tiempo que se creaba un sentido de pertenencia al barrio, se reforzaron los vínculos entre los vecinos.

El espacio escolar (tan necesitado de prácticas creativas y transformadoras) ha sido explorado en varias ocasiones con proyectos como Del jardín al cole o Violetas en la mochila. En el primero también se transformó un lugar, en este caso el patio del colegio. En el segundo se llevó a cabo una acción más íntima, dentro de las aulas, en el terreno de las vivencias y sentimientos individuales. En ambos casos, la ropa de los propios niños y niñas sirvió como material para plasmar referencias identitarias y diseñar potentes metáforas sobre lo que son las relaciones con los demás.

En el proyecto Entretejidas, la artista se basó en el poder de la palabra y las memorias compartidas para generar comunidad. Un grupo de mujeres de diferentes edades y experiencias fueron invitadas a coser y hablar juntas y, mientras se cosía y se hablaba, se fue generando una trama, una red que entretejió ideas, recuerdos y sueños y que finalmente se expandió sobre sus cabezas, como un techo protector y acogedor.

Colectivos como el de mujeres inmigrantes o personas con síndrome de Down, han sido también objeto de su atención. Ella misma lo ha dicho, sus proyectos son su aportación a “la tarea que nuestra generación debe asumir: borrar fronteras entre los incluidos y los excluidos de la sociedad”[1]. Para ello, Eva debe ejercitarse en tender puentes, puentes que puedan ser cruzados para salvar obstáculos, reales o simbólicos, en las vidas de las personas. Siempre teniendo en cuenta aquellos grupos que viven, por alguna u otra razón, en los márgenes del sistema.

En todos estos casos, Eva se muestra conocedora del poder del tejido y del acto de tejer para crear un espacio, un ritmo, para, como señala Marián López Cao, inaugurar “el espacio de la filiación, del apego, del contacto”[2]. En palabras de esta misma autora, tejer es crear soporte, crear un nuevo lugar sobre o bajo el que descansar. No es difícil establecer la relación con las esculturas de Eva: el nudo o el pespunte, las unidades mínimas constructivas y de significado en su obra, son elementos de enlace y construcción, unen tejidos, pero también emociones, experiencias, identidades, fragmentos de vida de las personas con las que trabaja.

Sin embargo, si en el estudio la artista tiene bajo control las condiciones en las que la obra surge y se desarrolla, fuera de este casi nada lo está. No es sencillo trabajar con personas ni hacerlo en contextos ajenos a la familiaridad del taller.  Al afrontar este tipo de retos, la artista debe aprender rápido que no trabaja sola. Debe ser capaz de actuar en coordinación con otros agentes como los trabajadores sociales, asociaciones vecinales, colectivos de maestras o maestros, etc. Tiene que negociar tiempos, plazos, recursos. Debe activar el diálogo y el trabajo en equipo, imaginar nuevas formas de relación entre las personas, ser paciente cuando las cosas no marchan como debieran y saber reconducir esfuerzos que se han visto infructuosos. Debe tener en cuenta detalles, atender a las peculiaridades de cada lugar. Son las habilidades de la artista que deja atrás su estudio para adentrarse en el mundo. Que entiende el arte en estrecha relación con la vida.

Sus intervenciones, como no puede ser de otra manera, son locales, muy específicas. Recogiendo de nuevo la metáfora del tejido, se proponen suturar pequeñas carencias o necesidades y actuar sobre el tejido social. Pero no por su escala dejan de tener efecto, al contrario, es más fácil rastrear lo que ha quedado detrás de la intervención. Es más sencillo volver sobre tus pasos y comprobar las huellas en el camino andado.

En todos estos proyectos hay elementos estables. Cambian las personas, cambian los lugares, pero permanece la voluntad de establecer vínculos, de favorecer la comunicación entre el grupo, de buscar lazos que permitan la construcción de una identidad compartida, de reclamar la importancia de las experiencias narradas por voces menos escuchadas. Creo que el aspecto esencial en todos ellos es el comunicativo. Pienso que Eva lo que hace es crear situaciones que dan pie a hablar, a compartir, a reconocerse en el otro, a formar comunidad. Esta es la esencia de lo que se ha conocido como artista comunitario, aquel (o aquella) que es capaz de poner un medio artístico al servicio de un grupo de seres humanos y que es capaz de situarse en el punto exacto entre estar y no estar, en el punto que permite hacer fluir esa comunicación sin necesidad de dictar las palabras que le dan el contenido, tan solo de apuntar los elementos que generan la sintaxis que la hace posible.

Si entendemos el arte como la creación de metáforas generadoras de sentido, explorar las posibilidades de esas metáforas para ayudar a las personas a pensar y actuar sobre lo que realmente es importante en sus vidas, es una tarea suficientemente urgente como para dedicarle nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestra ilusión. Eva lo hace porque tiene coraje y voluntad para ello, se siente interpelada por las situaciones de desigualdad y ha apostado por salir de su estudio e invitar a aquellos que lo necesiten a coser con ella. Su generosidad ayuda, sin duda, a construir un mundo un poco mejor.

 

Alfredo Palacios Garrido

 

 

[1] Santos, E. (2006). Universidad, Arte y Cooperación. Comunicación en el III Congreso Universidad y Cooperación al desarrollo. Madrid, 26-28 de abril de 2006, p.378

[2] Cao, M. (2015). Para qué el arte. Reflexiones en torno al arte y su educación, p. 192

Cose-descose, teje-desteje

 

Las Moiras tejen los intrincados caminos de la vida y lo hacen en grupo, por el beneficio que este otorga; en el trenzado del propio hilo confluyen vivencias que sostienen y conforman la existencia. Si algo caracteriza la obra de Eva Santos es su constante reflexión entre el yo y el otro, el otro en el yo. Los tejidos que utiliza forman una red que da sentido a esas experiencias, como es palpable en esta exposición que reúne las obras realizadas a lo largo de un quindenio en el que cose y descose, teje y desteje, trabajando sola o con la intervención de otras personas, bajo su atenta mirada.

 

El hierro es la materia que da forma a sus primeros trabajos como escultora. Eran piezas, según algunos, no muy apropiadas para ella, pero a Eva le gustan los desafíos, siendo “yo también puedo” uno de sus idearios de vida. Forjada al calor de los movimientos feministas y con un fuerte compromiso social, la artista encontrará en el acto de tejer y coser el germen que nutrirá su praxis artística. Entretejerá desde su vientre, como las mujeres de Chincheros en sus telares de cintura, dando cuerpo consciente a las experiencias que la han conformado como mujer y artista. Además, no duda en utilizar los recursos expresivos de la fotografía, la instalación o la performance, de esta manera amplía el carácter multidisciplinar de su obra.

 

Tejiendo encima de lo ya confeccionado comienza esta etapa, en ella reflexionará sobre la trascendencia del entorno en el desarrollo de los individuos y la importancia de las actividades lúdicas en la infancia. El concepto de juego no jugado toma cuerpo en el “Corro de manta”, una alfombra de esparto en la que se ha tejido un texto y cosido prendas infantiles que simulan jugar, mientras los pequeños se encuentran trabajando en las fábricas. En ellas confeccionan, por un sueldo mísero, la ropa que vestirá a personas de otros países con mejor estado de bienestar. La obra da la bienvenida a un espacio introspectivo, a la vez que calladamente invita a reflexionar acerca de la explotación infantil y las desigualdades que alimentan un mundo injustamente globalizado.

 

A modo de bandera rayada, una gran tela sirve de soporte sobre la que Eva cose fragmentos de tejidos que representan veintiuna vaginas rompiendo aguas. Se presenta el momento de dar a luz, alterando la bidimensionalidad y la uniformidad de la lona. Con la incorporación de estos añadidos, la artista fuerza los límites y lo privado se hace público y políticamente incómodo. Podemos establecer una clara relación conceptual con la escultura “Hon” de Niki de Saint Phalle, ya que ambas enfatizan la feminidad y la maternidad. En esta obra, se pone en evidencia los riesgos que asumen las mujeres durante la gestación y en el parto, dependiendo del país que habiten, de ahí el título “Sri Lanka”.

 

Eva Santos utiliza la performance para inscribirse como mujer en un cuerpo temporal e inestable, donde revela la idea de identidad sometida al patriarcado y al devenir cultural. “El verde no es solo un color” da título a una acción realizada en Murcia (2007), en la cual construye un nuevo atuendo teñido de verde esperanza, color del renacer natural, sobre su negro vestido. Prende con alfiles telas verdes con palabras recortadas y bordadas: concordia, igualdad, oportunidad, crecimiento, etc.; con ellas va creando su deseado traje, siendo consciente de las estadísticas que nos desvelan lo alejado que nos encontramos de conseguir esos ideales a nivel mundial.

 

De nuevo el verde en “Cholita”, acción realizada en Kassel (2007). Eva realiza extensiones con tejido verdoso que entrecruza con su cabello. Con este trenzado la artista conforma un tiempo de resistencia, de lucha y de expresión de identidad. Según Nelly Mendivelso, los trenzados del pelo constituían mapas para los cautivos negros que arriesgaban su vida intentando conseguir otra más digna. En la performance, erguida sobre el césped con su vestido blanco trenza su melena, igual que la cholita boliviana nos muestra con orgullo su condición de indígena y mujer.

 

La acción “Zancad-illa” fue realizada en Cartagena en 2012. Eva Santos sube y baja los peldaños de dos escaleras enfrentadas, mientras va introduciendo alternativamente una de sus piernas en uno de los apéndices de un leotardo y en el otro embute prendas de la artista que le proporciona el público, una vez rellena, adquiere la connotación de un falo que imposibilita el desarrollo de la mujer en un sistema patriarcal. Las sucesivas medias van engrosando sus piernas y los penes crecen como un ramo pesado, que la zancadillea dificultando su ascenso.

 

Olvidadas estaban, el uniforme escolar, las camisas que se empequeñecieron conforme su dueña iba creciendo, el pantalón de su primer embarazo, la chaqueta que acompañó su madurez, entre otras prendas. La artista las rememora y les proporciona una nueva identidad, utiliza su propia ropa para la realización de cada una en las siguientes piezas: “¿Por qué mí uniforme tenia corbata?”, “Hasta el cuello”, “Primavera”, “Nudos”, “Nudo I”; confeccionando así autorretratos de su cuerpo codificado, en los que cosifica un tiempo reconstruido y entreteje pensamientos y sentimientos que habitan en su memoria. Haciendo presente lo que esta ausente, momentos concretos de su infancia, de su periodo de gestación, de la crianza de sus hijos, del devenir; son narrados en las prendas con la incorporación de dibujos y textos bordados u otros elementos como cascabeles o pequeñas manos, dotando con estas extensiones de corporeidad a las piezas. A través de las huellas físicas en los materiales y en los tejidos, nos hace concurrente la huella emocional y afectiva.

 

El anodino olor de las habitaciones de hotel, el orden funcional, la asepsia de los elementos que en ellas habitan y la transitoriedad, son los conceptos que trasmuta la artista en las obras fotográficas que titula “Anidando”, realizadas en 2010. Estos lugares son contaminados por el sutil perfume de su ropa, que colgadas, esparcidas o anudadas distorsionan la neutralidad del espacio. Eva Santos construye nidos de concentrado simbolismo que le sirven de cobijo y en donde se siente arraigada. Modificado el ambiente de la habitación, convierte el no-lugar, como denominó Marc Augé a los espacios anónimos, en un lugar habitado y dotado de identidad.

 

Los vestidos pertenecientes a su abuela son cosidos e intervenidos con ganchillo por la artista, con la colaboración de su hermana Mari Cruz. Unidas, las hermanas, cosen y tejen las prendas entre sí, en un acto de aflicción en el cual anulan la utilidad de éstas y conforman la instalación “De la abuela” (2012). El nuevo tejido al ser depositado sobre el suelo se convierte en un intrincado camino que el espectador, como un participante activo, vivencia el recorrido visual que conduce a los orígenes.

Previo a la realización de ese camino, la artista y su hija, nieta y biznieta, rememoran el vínculo afectivo que las une a estas prendas. Treinta y dos fotografías dan testimonio de una acción que expande sus límites de documentación en los gestos y la complicidad de las miradas de madre e hija. Ellas se ayudan a colocarse los vestidos que pertenecieron a la abuela, este acto convierte el ritual simbólico de vestirse y desvestirse en un cordón umbilical que las une de forma invisible al cuerpo ausente, condensando los momentos vividos con ella, en un ahora perpetuo. Las imágenes fotográficas se revisten de una dimensión emocional traspasando el soporte que las contiene. Lo matrilineal construye el núcleo conceptual de esta serie, las historias aquí narradas articulan un discurso emotivo, tejido con las experiencias vividas en sus cuerpos de mujeres pertenecientes a su estirpe.

 

Narrar la desdicha de ser mujer y refugiada, es el reto de la instalación “Open the borders”. Atornilladas a la pared contemplamos ocho perchas en disposición descendente que sujetan faldas y el pantalón de una adolescente. En la ropa, Eva Santos ha bordado con hilo rojo los mapas de los países que atraviesan las mujeres en su huida de los conflictos armados. La ONU reconoció en el 2000 que los enfrentamientos bélicos afectan de manera diferente a la mujer, en las rutas migratorias esta se ve expuesta a extremos niveles de agresión sexual, incluso sufre violencia de género en los campos de refugiados. En este éxodo la tasa de mortalidad materna se dispara, pues los servicios necesarios de higiene y salud son inexistentes, así la artista reflexiona sobre el drama que supone menstruar en la dura marcha entre las guerras y en medio de los atropellos que sufren. Sus fluidos menstruales, presentes en la costura roja, marcan el contorno de los países por los que cruzan en su expatriación. Pero es necesaria la sensación de que existe un orden en el desolador caos que las acompaña, por ello la artista coloca las prendas ordenadas en las perchas.

 

Las obras expuestas nos ofrecen una mirada que se sumerge en los retazos de la memoria y las emociones de la artista, en donde explorar las vivencias de ella en las demás mujeres y la de las otras en sí misma. En un mundo real y calidoscópico, Eva Santos nos desafía a reflexionar sobre el nacimiento, la infancia, la juventud, la madurez, el devenir y la muerte por medio de su propio cuerpo enfrentado a la corporeidad de la otredad femenina. Nos invita a ir más allá de nuestros propios límites y experimentar en la piel ajena, a través del rico y emocional universo visual y conceptual que articula su obra.

 

 

Concha M. Montalvo